Un proyecto Fondecyt de Iniciación liderado por Isabel Hilliger, académica de la Escuela de Ingeniería UC e investigadora de CEPPE UC, analizó distintas dimensiones de la carga académica en educación superior. Sus resultados muestran que para comprender cuánto exige realmente un curso no basta con definir un número de horas: también importa cómo se distribuye el trabajo a lo largo del semestre, la dificultad que perciben los estudiantes y los períodos en que las exigencias se concentran.

Al comenzar un nuevo semestre, los estudiantes suelen revisar sus cursos tratando de anticipar cuánto les demandará cada uno: cuántas horas tendrán que dedicarles, qué tan exigentes serán sus evaluaciones y cómo combinar sus requerimientos con los del resto de los ramos. Los créditos académicos entregan una primera referencia sobre el tiempo de dedicación esperado, pero la experiencia real de un curso puede ser bastante más compleja.

Comprender esa diferencia fue uno de los objetivos del proyecto Fondecyt de Iniciación N°11230827, Understanding Student Workload in Higher Education using Learning Analytics, liderado por Isabel Hilliger, académica de la Escuela de Ingeniería UC e investigadora de CEPPE UC. A través de distintos estudios desarrollados entre 2023 y 2026, el proyecto examinó la carga académica combinando el tiempo que los propios estudiantes reportan dedicar a sus cursos, la dificultad que perciben, su actividad en plataformas digitales de estudio y la manera en que docentes y gestores entienden y utilizan esta información.

Isabel Hilliger, investigadora de CEPPE UC y académica de Ingeniería UC

La distinción es relevante porque la carga académica tiene una dimensión objetiva, relacionada con el tiempo que los estudiantes destinan a las actividades de aprendizaje, pero también una dimensión subjetiva: una misma cantidad de horas puede ser experimentada de manera diferente dependiendo de la dificultad de las actividades, los conocimientos previos de distintos estudiantes, la organización del curso establecida por el docente a cargo y otras condiciones que inciden en el trabajo estudiantil. Por eso, medir solamente cuánto tiempo se dedica a una asignatura entrega una imagen incompleta.

“Uno de los aprendizajes del proyecto es que no basta con medir cuántas horas demanda un curso. También importa analizar cómo se distribuye esa carga durante el semestre y en qué momentos se concentra, porque esa información puede ayudar tanto a los estudiantes a planificar mejor su tiempo de estudio como a los docentes a diseñar y gestionar las actividades de sus cursos para lograr aprendizajes más profundos asegurando cierta regularidad en el estudio”.

Isabel Hilliger, investigadora de CEPPE UC

Carga académica: cuando el promedio esconde las semanas más exigentes

Esa mirada aparece con particular fuerza en el artículo Beyond Time on Task: A Novel Analytical Framework for Assessing Student Workload and Its Relationship with Learning, publicado en 2026 en el Journal of Learning Analytics. El estudio analizó 14 cursos de Ingeniería UC durante un semestre, combinando autorreportes semanales de los estudiantes de tiempo de dedicación y dificultad percibida, registros de actividad en Canvas, el sistema de gestión del aprendizaje (LMS) utilizado en los cursos analizados, y datos sobre percepción de logro de aprendizaje al cierre del semestre. En lugar de observar únicamente la cantidad promedio de horas dedicadas a cada curso, los investigadores analizaron cómo la carga aumentaba, disminuía y se concentraba a lo largo de las semanas.

Los resultados mostraron que esas fluctuaciones contienen información que el promedio semestral puede ocultar. Los cambios más pronunciados de carga entre una semana y otra y los períodos de mayor concentración de trabajo se asociaron con una mayor dificultad percibida. Además, distintas medidas asociadas a la distribución de la carga mostraron relaciones con el aprendizaje que los propios estudiantes reportaron haber alcanzado. El hallazgo refuerza resultados anteriores del proyecto, que ya habían identificado una relación positiva entre carga y dificultad y que la variabilidad semanal es relevante para comprender la experiencia de los estudiantes en un curso.

Sobre este punto, la académica de Ingeniería UC destacó que “un promedio puede decirnos que la carga de un curso parece razonable durante el semestre según su creditaje, pero ese dato no demuestra si hubo semanas en que las exigencias aumentaron abruptamente. Para el estudiante, esa diferencia es fundamental, porque un estudiante no vive el promedio: vive cada semana y, además, enfrenta simultáneamente las demandas de varios cursos”.

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El estudio también mostró los límites de observar la carga únicamente a través de la actividad digital. En promedio, el tiempo registrado semanalmente en Canvas representó menos del 9% del tiempo total que los estudiantes declararon haber dedicado a las asignaturas. Pese a ello, ambos indicadores estuvieron positivamente relacionados. Para los investigadores, esto muestra que los registros de las plataformas pueden entregar señales útiles, pero representan solo una parte del trabajo académico, que también incluye estudio autónomo, trabajo colaborativo y otras actividades que ocurren fuera del entorno digital.

Hacer visible la carga académica para tomar mejores decisiones

Esa necesidad de combinar distintas fuentes de información también apareció en un estudio presentado en 2026 en la 24th LACCEI International Multi-Conference for Engineering, Education, and Technology. A través de una actividad de clasificación realizada con 40 gestores y académicos de instituciones de educación superior en Chile, los indicadores relacionados con el tiempo fueron considerados los más relevantes para comprender la carga académica. Sin embargo, los participantes también destacaron información sobre dificultad percibida, características personales de los estudiantes, metas de aprendizaje y tipos de actividad, reforzando la idea de que la carga no puede reducirse a una sola cifra.

Para los estudiantes, contar con esta información puede contribuir a comprender mejor las exigencias que enfrentan y a regular su propio aprendizaje. Pero la investigación también desplaza parte de la pregunta hacia quienes diseñan los cursos: ¿qué información se entrega al inicio del semestre?, ¿cómo se distribuyen evaluaciones y actividades?, ¿qué ocurre cuando las fechas de mayor exigencia de distintas asignaturas coinciden?

Esa doble utilidad está detrás de la Encuesta de Carga Académica (ECA), una herramienta web que permite a los estudiantes reportar semanalmente cuánto tiempo destinan a distintas actividades de una asignatura y qué dificultad perciben. La ECA fue desarrollada en trabajos previos del equipo y, en el marco de este Fondecyt, fue evaluada con estudiantes y docentes de tres universidades chilenas. Los resultados mostraron que el registro semanal puede favorecer la reflexión sobre la organización del tiempo y, al mismo tiempo, entregar a los equipos docentes evidencia para detectar actividades o períodos particularmente demandantes y realizar ajustes en la planificación.

Isabel Hilliger durante una presentación sobre la Encuesta de Carga Académica

“Lo relevante no es controlar cuántas horas estudia cada estudiante, sino contrastar lo que un curso espera con lo que efectivamente están viviendo quienes lo toman. Cuando esa diferencia se vuelve visible semana a semana, aparece una oportunidad concreta para ajustar la planificación antes de que termine el semestre”, agregó Isabel Hilliger.

Uno de los aprendizajes surgidos de esas experiencias es que tampoco todas las horas tienen el mismo significado. Durante las entrevistas de evaluación de la ECA, estudiantes distinguieron entre el tiempo que habían destinado formalmente a estudiar y aquel que consideraban realmente productivo. La observación vuelve a tensionar una medición de la carga basada exclusivamente en horas: registrar tiempo puede ayudar a hacer visible el esfuerzo, pero entender qué ocurre durante ese tiempo requiere considerar también la experiencia del estudiante.

De la organización individual al diseño de los cursos

Los resultados del proyecto apuntan así a una responsabilidad compartida. La autorregulación o capacidad que tienen los estudiantes para planificar sus tiempos y reflexionar sobre lo aprendido sigue siendo relevante, pero esa capacidad no se desarrolla en el vacío. La forma en que las instituciones y los equipos docentes organizan y comunican las exigencias puede facilitar o dificultar esa planificación.

Esta dimensión fue abordada también en el Policy Brief N°16, Balancear la carga y la exigencia académica: Recomendaciones desde la perspectiva de estudiantes y docentes universitarios, elaborado a partir de grupos focales con estudiantes y docentes de tres universidades chilenas. Entre sus recomendaciones se encuentran mejorar la coordinación de las evaluaciones, evitar concentraciones innecesarias de entregas, comunicar con mayor claridad el tiempo y la dificultad esperados para las actividades y buscar formas de distribuir la exigencia durante el semestre. Algunas de estas decisiones pueden realizarse al interior de una asignatura, mientras que otras requieren coordinación entre cursos, programas y unidades académicas.

“Pensar la carga únicamente como un problema de organización del estudiante deja fuera una parte importante del fenómeno. Los datos también pueden ayudarnos a preguntarnos cómo desde las instituciones de educación superior estamos diseñando los cursos, cómo coordinamos sus exigencias y qué información entregamos para que los estudiantes puedan anticiparlas y tomar mejores decisiones”.

Isabel Hilliger, investigadora de CEPPE UC

Para quienes recién comienzan un semestre, esa mirada cambia también la pregunta inicial. Más que saber solamente cuántas horas “vale” un ramo, comprender su carga supondría disponer de información sobre cómo se distribuyen sus actividades, qué momentos suelen exigir mayor dedicación y qué tipo de trabajo requieren. Hacer visible esa información puede fortalecer la capacidad de los estudiantes para planificarse, pero también entregar evidencia a docentes y gestores para revisar cómo se construye la experiencia académica.

Con el cierre del Fondecyt de Iniciación N°11230827, los distintos estudios desarrollados por el equipo dejan así una línea de trabajo que conecta la política educativa y las analíticas de aprendizaje. El desafío que plantean sus resultados no consiste simplemente en medir con mayor precisión cuánto estudian los estudiantes, sino en utilizar esa información para comprender cómo evoluciona la carga durante el semestre y cómo los cursos y las instituciones pueden generar condiciones que favorezcan el aprendizaje sin concentrar innecesariamente las exigencias.