Entre 2022 y 2026, los estudiantes del quintil socioeconómico más bajo seleccionados para ingresar a la educación superior pasaron de 594 a 4.370. Daniela Véliz, vicedecana de la Facultad de Educación UC e investigadora CEPPE UC, analiza qué implica este aumento desde una perspectiva de equidad y qué apoyos requieren las instituciones para que el mayor acceso se traduzca en permanencia, integración y trayectorias formativas sostenidas. 

Más estudiantes de menores ingresos están siendo seleccionados para ingresar a la educación superior en Chile. Así lo muestra el informe de enero de 2026 del Centro de Estudios del Mineduc, “¿Quiénes y cuántos/as son seleccionados/as en la educación superior? Diez años de evidencia sobre estudiantes que egresan del sistema escolar y son seleccionados/as al año siguiente en Chile, 2016-2026”, que analiza la evolución de quienes egresan del sistema escolar y son seleccionados/as en la educación superior al año siguiente.

Uno de los datos más relevantes del documento es el crecimiento observado en los quintiles socioeconómicos más bajos. En particular, los estudiantes del primer quintil seleccionados para ingresar a la educación superior pasaron de 594 en 2022 a 4.370 en 2026, multiplicándose por más de siete en cuatro años. En el mismo periodo, el segundo quintil también registró un aumento importante, pasando de 6.094 a 25.379 estudiantes seleccionados.

El informe también muestra que este aumento está vinculado con la educación pública. En 2026, el 78% de los estudiantes seleccionados del quintil socioeconómico más bajo egresó de establecimientos municipales o administrados por Servicios Locales de Educación Pública (SLEP). En el segundo quintil, esa proporción llegó al 51%. El dato instala una lectura interesante: para los estudiantes de mayor vulnerabilidad, la educación pública aparece como una vía central de acceso a la educación superior.

Ilustración sobre trayectorias en educación superior

A este escenario se suma otro antecedente reciente del sistema de admisión. Según informó la Subsecretaría de Educación Superior, 31.358 personas rindieron la PAES de Invierno 2026, lo que representa un 6,8% más que el año anterior, y entre quienes ya contaban con puntajes vigentes, el 92% mejoró en al menos una prueba. En ese sentido, la autoridad destacó que esta instancia ha contribuido a ampliar oportunidades de acceso a carreras altamente selectivas, especialmente para estudiantes provenientes de establecimientos públicos y particulares subvencionados.

En conjunto, estos antecedentes muestran una señal positiva: el sistema está generando más oportunidades para que estudiantes de menores ingresos puedan acceder a la educación superior. Sin embargo, el aumento de la selección también abre una pregunta de fondo: qué ocurre con esos estudiantes una vez que ingresan, qué apoyos encuentran y qué condiciones institucionales permiten que sus trayectorias se sostengan en el tiempo.

Esta discusión también dialoga con el Plan Estratégico UC 2026-2030, que plantea la necesidad de comprender en profundidad a los estudiantes, conocer cómo viven y qué necesitan, y fortalecer una experiencia formativa centrada en el encuentro. En esa línea, el plan contempla iniciativas como “¿Quiénes son nuestros estudiantes?”, “El viaje del estudiante” y “Buscando trayectorias vitales diversas”, orientadas a conocer mejor las trayectorias estudiantiles, articular sus hitos de ingreso y egreso, y fortalecer apoyos académicos para una formación más inclusiva.

Para profundizar en esa discusión, conversamos con Daniela Véliz, vicedecana de la Facultad de Educación UC e investigadora CEPPE UC, quien ha desarrollado investigación vinculada a educación superior, experiencia estudiantil y acompañamiento institucional. Desde esa perspectiva, quisimos ahondar en cómo leer este aumento en la selección y qué desafíos enfrentan universidades, institutos profesionales y centros de formación técnica para acompañar trayectorias estudiantiles cada vez más diversas.

Daniela Véliz

 

El acceso como avance en equidad

El informe del Centro de Estudios del Mineduc muestra un aumento importante de estudiantes de contextos vulnerables seleccionados en educación superior, muchos de ellos provenientes de establecimientos públicos. ¿Cómo debiera leerse este dato desde una perspectiva de equidad?

Daniela Véliz. En mi opinión, este dato debe leerse como una señal claramente positiva. Que estudiantes del primer y segundo quintil socioeconómico estén siendo seleccionados en cifras que se multiplican por siete en solo cuatro años muestra que el sistema está ampliando sus puertas de entrada, y que la educación pública está cumpliendo un rol central en ese proceso, considerando que el 78% de estos estudiantes proviene de establecimientos municipales o SLEP.

Pero la equidad no se agota en el acceso. Que ingresen estudiantes de distintos contextos no solo es deseable por justicia social, sino que también enriquece la vida universitaria misma. Trayectorias, experiencias de vida y miradas distintas son exactamente lo que las instituciones de educación superior necesitan hoy para formar profesionales capaces de enfrentar problemas complejos, que rara vez tienen una única perspectiva válida. La diversidad de estudiantes no es solo un logro de equidad: también es una condición para una formación de mejor calidad, más plural y más conectada con la realidad del país.

Por eso, este dato debiera leerse en dos niveles a la vez: como un avance en justicia educativa, y como una oportunidad para que las instituciones se vuelvan más ricas y representativas de la sociedad a la que sirven.

El desafío de sostener las trayectorias

Muchas veces el debate público se concentra en el ingreso a la educación superior. Pero una vez que estos estudiantes llegan al sistema, ¿cuáles son los principales desafíos para sostener sus trayectorias, especialmente durante el primer año?

Daniela Véliz. El primer año es, sin duda, uno de los momentos más críticos de la trayectoria universitaria. Es el período de mayor deserción, y no es casualidad: es cuando el estudiante enfrenta simultáneamente la adaptación académica (nuevos códigos, nuevas exigencias, nuevas formas de estudiar) y la adaptación social, es decir, la construcción de un sentido de pertenencia a una comunidad que muchas veces le resulta ajena.

Para estudiantes de primera generación o de contextos vulnerables, ese doble desafío se intensifica. No solo deben aprender los contenidos de su carrera, sino también descifrar un conjunto de códigos institucionales no escritos, por ejemplo: cómo participar en clases, cómo acceder a un profesor, qué se espera en una evaluación, cosas que otros estudiantes ya incorporan desde su capital cultural familiar.

Por eso insisto en que el primer semestre es la ventana crítica. Es ahí donde se juega gran parte de la permanencia: si el estudiante logra sentirse parte de la institución, construir vínculos y encontrar apoyo académico oportuno, las probabilidades de que mantenga su trayectoria aumentan considerablemente. Si ese acompañamiento no llega a tiempo, el riesgo de deserción se concentra precisamente en esos primeros meses.

Desde la investigación sobre experiencia estudiantil, y considerando también los énfasis del Plan Estratégico UC 2026-2030 en torno a las trayectorias estudiantiles, ¿qué rol cumplen estrategias como las tutorías pares, el acompañamiento académico, los apoyos socioemocionales y el sentido de pertenencia en la permanencia de los estudiantes?

Daniela Véliz. Estos programas cumplen un rol fundamental, y la evidencia lo respalda con bastante solidez. Las tutorías entre pares, en particular, han demostrado ser una de las estrategias más efectivas para fortalecer el sentido de pertenencia: no solo porque brindan apoyo académico directo, sino también porque generan una figura cercana (un par que ya transitó ese camino), lo que reduce la distancia entre el estudiante nuevo y la institución.

Además, estos programas tienen un efecto que a menudo se subestima: ayudan a consolidar grupos de estudiantes que luego se afiatan y recorren juntos toda la experiencia universitaria. Esa red de pares se convierte en un sostén que trasciende lo académico y acompaña al estudiante en momentos de duda, dificultad o desmotivación, que forman parte normal del proceso formativo.

Por eso, todos los apoyos que van más allá de la sala de clases (tutorías, acompañamiento socioemocional, espacios de encuentro) son primordiales. Y lo son aún más para estudiantes de primera generación, minorías o disidencias, que provienen de una región de origen diferente, que con frecuencia enfrentan una mayor distancia a la cultura institucional y para quienes ese acompañamiento puede ser determinante entre desertar y completar su trayectoria formativa. Invertir en estos apoyos no es un complemento del proceso educativo: es una condición para que el aumento del acceso se traduzca efectivamente en permanencia.

Así, el informe del Mineduc permite mirar una dimensión relevante del sistema educativo chileno: más estudiantes de sectores históricamente subrepresentados están logrando avanzar hacia la educación superior. Pero ese avance plantea también una segunda etapa para las políticas públicas y las instituciones: asegurar que esas oportunidades de ingreso se transformen en trayectorias sostenidas, experiencias formativas significativas y mayores posibilidades de titulación.

En ese sentido, el aumento del acceso no cierra la discusión sobre equidad, más bien la amplía. El desafío ya no es solo que más estudiantes puedan ser seleccionados, sino que encuentren condiciones para permanecer, integrarse y proyectar sus trayectorias dentro de la educación superior.